Suegra follando

suegras follandoSe trataba de una familia de clase media acomodada. Gonzo, de veinte años, noviaba con la hermanita mayor. Y como el pibe lento no era enseguida se percató que su suegrita lo miraba con mucho más interés que a un simple yerno y no perdía ocasión de apoyarle su terrible culo o sus tetas con cualquier pretexto cuando, por caso, lo invitaban a cenar.
Y ya es hora que hablemos un poco de la burguesa Elizabeth: tenía cuarenta y siete años que los llevaba de la hostia; en su juventud podría haber sido, porque no, una exuberante vedette: un hermoso rostro de finas facciones y ligeramente anguloso que sumados a sus anteojos le daban aires de señora high class; delgada y alta – pelo castaño claro, hasta los hombros, que le sentaba muy bien -, tetas standard, un abdomen anfórico y bien durito por la gimnasia; una cintura curvilínea y un traste… bueno, su culo era una característica especial de su anatomía, y sus hijas habían heredado esa virtud de ella: tenía un hermoso orto grande y redondo. Sus nalgas eran suculentas y blancas como la nieve: semejante culazo parecía desproporcionado respecto a su cuerpo, aunque por cierto que no lo era. Sus piernas, dos apetecibles jamones serranos.
Elizabeth había trabajado durante un tiempo como abogada en un exitoso bufete de leguleyos, pero su marido, gerente bancario, le había tronchado la carrera obligándola a quedarse en su casa a cuidar a sus hijas. La benemérita nunca se resignó a abandonar su vocación y como al vejete le sobraba pasta, comenzó a comprar libros creyendo que eso la haría más inteligente. Claro que eso no resultó, pero le sirvió para dárselas de culta. Desde hacía lustros, el banquero carcamán ya no podía colmar los ardores de semejante hembra, pero ella se había mantenido fiel a el, aunque parecía cansada de seguir jugando ese papel de señora contrita. Su cuerpo le pedía acción desesperadamente. Y con los deditos no alcanzaba. Por supuesto que a la elegante señora candidatos no le faltaban, con semejante lomo, y a menudo las ganas de ser clavada como dios manda por un feroz macho pijote se le tornaban insoportables. Quizás por eso ese joven robusto le hacía subir los calores hasta la entrepierna. Además siempre le habían atraído los mozalbetes y nunca se había podido voltear uno pues ella era una Señora bien casada y de familia. Eso ni pensarlo. Así fue como a fines de ese año el yernito Gonzo fue invitado a la cena navideña. El muchacho cumplió y se aburrió bastante en medio de esa manga de descerebrados; solo la pasaba bien cuando eventualmente su suegrita, haciéndose bien la boluda, le frotaba los suaves cachetes del culo por sus hombros o cuando la hermanita de su novia le clavaba su insinuante mirada fantaseando encuentros a los que Gonzo no podría negarse en caso de ser propuestos. Pero ya hablaremos más adelantes de la dulce hermanita menor. Un par de horas después del brindis navideño llegó la hora de irse al sobre. Entonces Elizabeth llamó la atención a todos los contertulios golpeando su copa de cristal con un cuchillo: -Atención: propongo que Gonzo se quede a dormir esta noche. Dijo risueñamente. – Tiene que viajar mucho y ya es muy tarde.A nadie le importó demasiado y dijeron que claro, por supuesto. Al muchacho aludido no le causó mucha gracia pero no tuvo otra que aceptar. Recordó el whisky inagotable del carcamán en el barcito del living, dijo que si y todos contentos.
Gonzo pidió dormir en el sofá del living. Dijo que no quería causar molestias. Elizabeth entonces insistió en tenderle una sabana pero el se negó; que con el calor que hacia no iba a ser necesario, le dijo.
Cuando todos desaparecieron, el joven se sacó la ropa quedándose en calzoncillos. No tenía sueño y si tenía sed, así que se llegó hasta la barra, cazó la botella de Chivas, se la llevó al sillón y se puso a fumar. Al primer trago recordó las nalgas su suegrita contra sus hombros: aEoeesa vieja está fuerte como una yegua, carajoaEi¿?, se dijo. <br />
Unos minutos después un fuerte petardo atronó afuera, en la vereda. Gonzo se asomó por la ventana: el cohete había sido arrojado desde un auto en movimiento que siguió de largo. Pero instantes después escuchó cortos taconeos sobre la escalera. Aguzó su mirada hacia allí y distinguió una silueta femenina que avanzaba hacia el. Se trataba de una mujer alta, de formas sugestivas. Gonzo pensó que se trataría de su noviecita, pero inmediatamente descartó la idea: ella sería incapaz de hacer una cosa semejante, y además, que el supiera, no solía usar tacos en camisón. <br />
<br />
- AA¿Qué fue ese ruido? AA¿Son ladrones? <br />
Preguntó en voz baja la intrusa llegando hasta el. Gonzo casi se cae de espaldas al descubrir de quien se trataba.<br />
Era su suegra: llevaba un corto camisón transparente y acampanado que dejaba ver sus generosas formas, ceñidas bajo un minúsculo conjunto de encaje negro. La tanga era un triangulito liliputiense adelante y piolín detrás. Calzaba sandalias de tacos altos que dejaban desnudos sus talones. Su pelo estaba levemente revuelto y llevaba sus inseparables anteojos caros sin marco que le daban un aire señorial. Sus apetitosos muslos eran toda una invitación a la lujuria desenfrenada. Su yerno la devoraba con los ojos sin disimularlo y sin poder creérselo del todo. <br />

- Disculpame, Gonzo. Escuché unos ruidos AA¿Son ladrones? <br />
Al joven le importó un carajo que fuesen ladrones o angelitos de paso. La otra cabeza comenzó a pensar por el.<br />

- Shhh, Elizabeth.<br />
Susurró Gonzo acercando su boca al oído de la señora. Ella olía a fragancia de rosas. <br />

- Suba al sillón y mire por la ventana. <br />

- AA¿Te parece?
Preguntó indecisa Elizabeth llevándose un dedito a sus labios brillosos como si se tratase de una nenita ingenua

- Venga.
Dijo Gonzo tomándola de uno de sus tersos brazos

- Arrodíllese y asómese despacito.
El joven le señaló el sillón.

Entonces Elizabeth avanzó dubitativamente y clavó sus rodillas juntas sobre el sillón. El muchacho la ayudó a inclinarse hacia la ventana acariciando disimuladamente su espalda.
La pija se le había puesto dura como un ariete. Un papelón. Se había propuesto ver el culo de la señora bien parado, como un apetitoso pan dulce al cual gustosamente le clavaría su erecta vela. Elizabeth apoyó sus codos contra el respaldo del sillón, quebró su cinturita, juntó sus rodillas, paró su apetitoso culo y se asomó un poco por la ventana. Entonces su culazo también se asomó un poco a través de la falda acampanada del corto camisón semitransparente. El yernito dio un paso hacia atrás y lo tuvo todo para el: el enorme y voluptuoso culo de su señora suegra a un palmo de su nariz. El hilito negro de la tanga se divisaba deliciosamente hundido entre las regordetas y cremosas nalgas. Su mano se fue a su verga y se la sacudió instintivamente por un momento. <br />

- Me parece que no hay nadie.
Dijo cándidamente Elizabeth, sin moverse.

- Mire bien, Elizabeth, mire bien.
Dijo su yerno y avanzó tomándola con sus manazas de sus caderas y acomodando su verga suavemente entre sus carnosas cachas. Eso era el paraíso.

- AA¡Oh!
Exclamó Elizabeth dando un saltito y girando un tanto su cabeza para observarlode reojo con su boca húmeda levemente entreabierta.

Gonzo se sentía en la gloria. La tersura de ese blanco mar de carne caliente envolviendo su pija amenazaba con hacerlo acabar en el acto. La acomodó mejor y se inclinó hasta susurrarle a su orejita:

- Mirá bien que pueden estar ahí.
La tuteó.

- Yo te cuido, Elizabeth, no te preocupes.
Su lengua rozó el lóbulo de la señora. Elizabeth echó su cabeza hacia atrás, producto del sensual cosquilleo.

Así se quedaron un rato. Gonzo se la meneaba suavemente, respirándole en la nuca. La señora se estaba quieta observando por la ventana, como si no tuviera a nadie detrás, como si estuviera sola contemplando los malvones, aunque encajaba con callada complicidad los movimientos del yeguo ese, dejándolo hacer, como si nada pasara. A esta vieja me la clavo, pensaba el joven con los ojos entrecerrados. Te voy a romper el culo, mamita.
- AA¿Qué decís?
Preguntó la suegrita sorprendida girando su cabeza.

- No, que mire si rompieron la cerradura…
Balbuceó Gonzo.

- No hay nadie.
Dijo Elizabeth moviéndose incomoda. El joven comprendió que debía salirse de encima de ella. Se quería matar. Soltó sus caderas y se paró sobre sus piernas. Elizabeth se dio vuelta y se sentó en el sillón juntando las piernas. Quedaron frente a frente: la señora sentada se acomodaba el pelo; Gonzo, de pie frente a ella, solo con los calzoncillos puestos. <br />

-AA¡Gonzo, Oh!
Exclamó la suegrita con los ojos bien abiertos llevándose una mano a la boca en gesto de sorpresa. Con un dedo largo señalaba la entrepierna de su yerno.

- Y bueno, vos me pones así, Eli.
Dijo Gonzo abriendo los brazos. Su carpa era
notable.

- Bueno, Gonzo, se ve que sos todo un hombrecito.

- Si, mirá.
Dijo el joven bajándose los calzones. Una verga negra y erecta quedó frente a la señora.

Elizabeth reprimió una nueva exclamación llevándose una mano a su boca. Sus ojos abiertos como platos observaban ávidamente ese respetable pedazo. Era tal como se lo había imaginado.

- Guarda eso, por favor
Susurró la señora, aunque sus ojos parecían decir todo lo contrario.

El envarado joven dio un paso hacia ella poniéndole el carajo a un palmo de su nariz. Elizabeth echó levemente su cabeza hacia atrás. Un hilo de saliva escapó por la comisura de sus labios rojos.

- Chupámela un poquito, dale.
Pidió
Gonzo a punto de estallar.

-
No, no puedo hacer esoaEi¿
Balbuceó Elizabeth negando con la cabeza aunque sin apartar sus ojos del pedazo erecto.
- No está bien, Gonzo. Vos salís con una de mis hijas, y yo… yo soy una señora casada y…
Y a continuación Elizabeth lo rodeó con sus brazos clavándole las yemas de sus dedos en sus nalgas mientras abría su boca engullendo esa verga. El joven abrió bien los ojos buscando no perderse detalle y la tomó de su cabeza. <br />

- Así, señora, uhhh
Gimió Gonzo.

- Amfg, glub, chup…
Los sonidos salían a borbotones de la boca llena de Elizabeth. La señora devoraba ávidamente ese pedazo bruno, como una sedienta ante una fuente de agua. Gonzo comenzó a mover la cabeza de la matrona con fuerza. Su verga no era chica precisamente, pero la señora la embuchaba hasta los huevos peludos que chocaban contra su delicado mentón.

- AA¿Te gusta, suegrita?

- Glub, si bebe, es bárbara, slurp…

- Pasale la lengua, dale…
Elizabeth se la sacó de la boca con un hábil movimiento y comenzó a pasar su rosada lengua desde el tronco hasta la punta.

- Que rico, mmm…
Gemía la putona.

El joven cada tanto observaba hacia la escalera; no luciría bien que alguien los descubriera. Igualmente no pensaba interrumpir ese maravilloso momento.
- Arrodillate en el sillón y para bien el culo que te lo quiero ver mientras me la chupas…
Elizabeth asintió con un grácil movimiento de cabeza. Se la sacó de la boca y se puso en cuatro sobre el sillón quebrando su cintura y parando bien su culazo blanco. Era un voluptuoso monumento de carne. El yerno a su vez se arrodilló en el sillón frente a ella. La señora abrió su boca y se tragó el pedazo nuevamente. Gonzo se extasiaba ante la excitante posición de la matrona que chupaba vorazmente esa pija envarada.
- Quiero tu leche, potro.
Gimió la matrona alzando su mirada.
- No te preocupes, Eli
Dijo Gonzo y estiró sus brazos hasta las ancas de la matrona. Sus manos comenzaron a acariciar sus tersas nalgas. La mujer gimió de placer con la verga en su boca.
- Chupame las pelotas, suegrita.
Elizabeth comenzó a lamer sus huevos como una obediente perrita mientras Gonzo le abría las nalgas divisando el delicioso ojete marrón. Por supuesto, mandó un dedo que entró sin dificultades. La lengua hambrienta de Elizabeth dibujaba maravillas en su verga. De pronto Gonzo sintió un torrente que ascendía de sus entrañas.

- Voy a acabar, Elizabeth.
La señora asintió con un movimiento de cabeza y comenzó a chupar con renovada fruición. Al parecer quería que sucediera rápido.

El joven clavó sus ojos en el culo de la señora y fue suficiente: un espeso chorro de semen caliente salió de su pija entrando de lleno en la boca de la señora.
- AA¡Uhhh!
Gimió el yerno
<Elizabeth se detuvo: sus mejillas se hincharon por un momento asimilando el torrente blanco. Luego su garganta comenzó a tragar.
- Que rica lechita, yernito, slurp.
Dijo finalmente sacándose la pija de la boca. La verga lucía brillosa y limpita. La matrona había echo un buen trabajo. Elizabeth sonreía satisfecha como una gata feliz.
El agotado Gonzo se recostó en el sillón y manoteó el paquete de cigarrillos. Elizabeth se puso de pie y lo observaba sonriente.

- Me mataste, Eli.
Dijo Gonzo soltando una bocanada. Estaba exhausto.

- Vos no estuviste nada mal.
Dijo ella sonriente.

- Quiero tu culo, suegrita.

- Eso vamos a verlo después, papito.
Respondió Elizabeth dándose una palmadita en las nalgas.

- Ahora me tengo que ir, Gonzito.

- AA¿Cuando nos vamos a ver?

- Pronto, no te preocupes por eso.
Elizabeth se inclinó graciosamente y besó su mejilla.

- Chau, yernito.

- Chau, suegrita.

Elizabeth se fue dando cortos pasitos hacia la escalera. El joven la vio alejarse satisfecho.
Se durmió con una feliz sonrisa en su rostro.

CONTINUARA…

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